martes, 5 de marzo de 2013

Calendario religioso romano: Navigium Isidis -5 de marzo-


Procesión en honor a la divinidad egipcia Isis, representación del mundo femenino, el mundo lunar y la magia, entre otra multitud de caracteres, siendo de naturaleza realmente variada y compleja. El culto a Isis en el imperio romano era en extremo popular, teniendo cabida en todas las provincias; de hecho, eran multitud las ciudades en las que se celebraba este y otros festivales asociados a divinidades egipcias. No son pocos sus templos, los sacerdotes que los administraban y la prosperidad de sus variadas rentas y donaciones privadas.

La fecha y razón del festival
La “Nave de Isis” –navigium isidis- se realizaba una vez finalizaba lo que podía considerarse el invierno, y por lo tanto la finalización del llamado mare clausum, esto es, la dificultad natural de los viajes marítimos durante la época invernal. Durante la colorida procesión se agradecía especialmente al “navío” de Isis como símbolo o alegoría del grano procedente de Egipto como clara señal de prosperidad y bienestar, y todo gracias a la bondad y poder de la diosa.

Origen egipcio
Sin embargo, no debe olvidarse que se trataba de un culto “extranjero” para los romanos, siendo de origen exótico y a menudo extraño. En teoría la primitiva conmemoración del festival estaba relacionada con la búsqueda que realizó Isis para encontrar y reunir las partes de su marido desmembrado, el célebre Osiris, tras ser traicionado y engañado por el terrible Set. Antiguo en Egipto, cuando el festival se popularizó durante el primer siglo de nuestra era mutó considerablemente su función.

La procesión
En Roma partía del Iseum -templo de Isis- situado en el monte Aventino. Lugar de culto edificado y frecuentado por lo más bajo de la sociedad romana de la época –egipcios, sirios, esclavos-. Ampliado a finales del siglo II, pero derribado en tiempos del emperador Caracalla, edificando sus célebres termas allí, sin dejar de honrar a Isis, una de sus divinidades favorecidas.

El festival según Apuleyo
Describir el colorido y variopinto carácter de la procesión es una labor compleja –siendo muy similar a un gran carnaval-. Por ello, nada como la magnífica descripción que realiza un autor de aquellos tiempos, que vivía con intensidad estos festivales. Apuleyo, en su obra “El asno de oro” –libro XI, 8, 9, 10, 11-, nos muestra como eran estos pasacalles multitudinarios, siendo él mismo un devoto a la gran diosa Isis. Claro que al tratarse de una obra literaria puede colarse algo de la propia inventiva de Apuleyo, aunque descubriendo como disfrutaban los romanos de sus festivales, no sería de extrañar que no hubiese excesiva exageración en la descripción.

8. “Ya desfilan, a paso lento, en cabeza de la solemne comitiva y abriéndole paso, los bellísimos disfraces votivos que cada cual se ha amañado a su gusto. Uno llevaba un correaje y hacía de soldado; otro, con su capa, sus polainas y sus venablos, hacía de cazador; un tercero llevaba zapatos dorados, bata de seda y un aderezo de valiosas joyas; su peluca postiza y su movimiento de caderas completaban el disfraz femenino. Otro llamaba la atención con sus grebas, su escudo, su casco y su espada: parecía salir de la escuela de gladiadores. Había quien, precedido por las fasces y vestido de púrpura, hacía de magistrado; y quien, con un manto, un bastón, unas sandalias de fibra vegetal y una barba de macho cabrío, hacía de filósofo. Había un cazador de pajaritos con cañas y liga, y un pescador con otra clase de cañas y anzuelos. También vi una osa mansa: iba en litera, disfrazada de dama distinguida; un mono con un gorro de paño, con vestido amarillo a la moda frigia y con una copa de oro en la mano recordaba al pastor Ganimedes; un asno al que habían aplicado un par de alas caminaba junto a un viejo achacoso: querían ser respectivamente Belerofonte y Pegaso: ambos daban mucha risa.”

9. “Entre estas diversiones y algaradas populares de libre organización, ahora emprendía la marcha la verdadera procesión de la diosa protectora. Unas mujeres con vistosas vestiduras blancas, con alegres y variados atributos simbólicos, llenas de floridas coronas de primaverales, iban caminando y sacando de su seno pétalos para cubrir el suelo que pisaba la sagrada comitiva. Otras llevaban a su espalda unos brillantes espejos vueltos hacia atrás: en ellos la diosa en marcha podía contemplar de frente la devota multitud que seguía sus pasos. Algunas llevaban peines de marfil y con gestos de sus brazos y movimiento de los dedos parecían arreglar y peinar a su reina. Entre ellas las había que, como si gota a gota perfumaran a la diosa con bálsamo y otras materias olorosas, inundaban de aroma las calles. Además, una gran multitud de ambos sexos llevaban lámparas, antorchas, cirios y toda clase de luces artificiales para atraerse las bendiciones de la madre de los astros que brillan en el cielo. Seguía, en deliciosa armonía, un conjunto de caramillos y flautas que tocaban las más dulces melodías. Detrás venía un coro encantador, integrado por la flor de la juventud con su traje de gala, tan blanco como la nieve: iban repitiendo un himno precioso, letra y música de un poeta mimado por las Musas: la letra contenía ya como una introducción a los votos más solemnes. Formaban en el cortejo los flautistas consagrados al gran Serapis, que con su instrumento lateralmente dispuesto y apuntando al oído derecho, repetían el himno propio del dios y de su templo. Independientemente estaba el nutrido grupo de quienes chillaban porque se dejara paso libre a la piadosa comitiva.”

10. “Entonces llega la riada masiva de los iniciados en los divinos misterios: hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las edades, flamantes por la inmaculada blancura de sus vestiduras de lino. Ellas llevaban un velo trasparente sobre sus cabellos profusamente perfumados. Ellos, con la cabeza completamente rapada, lucían la coronilla, como astros terrestres de veneración sus sistros de bronce, de plata y hasta de oro formaban una delicada orquesta. Los pontífices sagrados, como grandes personajes, iban enfundados en blancos lienzos que les ceñían el pecho y les caían sin vuelo ninguno hasta los pies; llevaban los símbolos augustos de los dioses todopoderosos. El primero sostenía una lámpara de gran luminosidad, pero que no recordaba en nada las que iluminan nuestras comidas vespertinas: era una naveta de oro, que en el centro de su cubierta echaba una abundante llama. El segundo, de igual indumentaria, sostenía con ambas manos un altar, es decir, un altar “del Amparo”, pues debe su nombre específico a la auxiliadora providencia de la diosa soberana. El tercero llevaba una palma de oro artísticamente forjada y además el caduceo de Mercurio. El cuarto exhibía el símbolo de la justicia, esto es, la palma de la mano izquierda completamente abierta: por su peculiar torpeza, su absoluta inhabilidad para trucos de prestidigitación, parecía más apta que la derecha para representar a la Justicia; también llevaba un pequeño vaso de oro, moldeado en forma de tetina; con ese vaso iba haciendo libaciones de leche. Un quinto ministro llevaba una zaranda de oro llena de ramitas de oro; y el sexto iba cargado con una ánfora.”

11. “Inmediatamente detrás, accediendo a caminar sobre piernas humanas, marchan ahora los dioses. El primero, de aspecto sobrecogedor, eral el gran mensajero que enlaza el cielo y el infierno: su rostro negro y dorado, pero ciertamente sublime, sobre su largo y erguido cuello de perro; se llama Anubis; lleva un caduceo en la mano izquierda y agita con la derecha una palma verdosa. Le iba a la zaga una vaca levantada en ancas; esa vaca, símbolo de la fecundidad, encarnaba a la diosa madre universal; iba apoyada a la espalda de un santo sacerdote que la sostenía sin perder su hierática compostura. Otro sostenía la cesta de los misterios: guardaba celosamente en su interior los secretos de la sublime religión. Otro llevaba sobre su bienaventurado corazón la venerable imagen de la divinidad suprema, sin encarnarla ya en forma de un animal doméstico, de un ave, de una fiera, ni tampoco de un ser humano; por un ingenioso descubrimiento, cuya novedad en sí ya inspiraba respeto, ideó un símbolo inefable para esa religión envuelta en el mayor y más misterioso secreto: se acudió a la forma material –en oro puro- de una pequeña urna muy artísticamente vaciada, de fondo perfectamente esférico y cuyo exterior iba decorado con maravillosas figuras del arte egipcio. Su orificio de desagüe, no muy alto, se prolongaba por un caño a modo de largo chorro; del lado opuesto sobresalía en amplia curva el contorno del asa, a cuyo vértice iba anudado un áspid con la cabeza muy erguida y el dilatado cuello todo erizado de escamas.”

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